Los tarros de cerveza abiertos en el paradero y la locomoción colectiva son un rito ampliamente conocido de quienes acostumbran poner ladrillo sobre ladrillo, construyendo al mismo tiempo imperios y viviendas para agradecidas familias.
Al finalizar el día, pasadas las 18.00 horas, comienzan a circular los "masters" chela en mano. Eso es lo aparente, pues una observación aguda permitirá darse cuenta que no se trata de una sola cerveza, sino de una cantidad mayor, generalmente limitada al tradicional "sixpack" dado que el elemento que la contiene es la mochila que además debe albergar la ropa de trabajo. No hablaremos ahora del "ensamblaje" de cepas que produce aquel crisol aromático.
A pesar de que no está permitida la ingesta de bebidas alcohólicas en la vía pública, el maestro de la construcción está rodeado de un aura protectora que, en grupo, suele ser aún más poderosa. Es por ello que suelen verse en las esquinas piquetes de obreros conversando alegremente sin presión alguna. A pesar de lo que puedan decir algunas convenciones sociales, y que a algunas personas podría resultar molesto este ritual, es parte del paisaje urbano y quizás es un merecido relajo luego de la ardua jornada y antes del llegar a un hogar distante y difícil.
Este "vía crucis" (a pesar de que van disfrutando, los masters en realidad van camino al incierto mundo doméstico) no concluye en el paradero. Esta es sólo la primera estación. La conversación monocorde continúa a idéntico ritmo una vez arriba de transantiagueante bus, concluyendo sólo cuando el racimo de profesionales se va desgranando parada tras parada al otro lado de la ciudad.
La costumbre no es privativa de quienes son los verdaderos autores de tanta edificación, aunque en otros casos casi siempre es en son de hueveo. Recuerdo con cariño tantos viajes en micro a Las Cruces en tiempos de la universidad y especialmente cuando partimos a sacar fotos y tomar melón con vino blanco a Quintay, en la época que se enseñaba a revelar la película y ampliar en papel las imágenes. Tampoco fue hace tanto tiempo, no le pongan.
Yo no le encuentro nada malo a que tomen en la vía pública. Me da un poco de pena, eso sí, porque claramente en la casa la "patrona" no les permite siquiera pensar en tomar una cervecita en el living de la casa viendo El precio de la historia. Por ello, recurren al trayecto hacia el hogar para servirse un vituperio. Lo realmente importante es que muchas veces la falta de una ducha luego de la jornada queda de manifiesto y se mezcla llamativamente con el olor a alcohol, que poco a poco fermenta en un espacio donde hay 20 personas por metro cuadrado, como es el como Transantiago. Perfume divino.
ResponderEliminarEn efecto, el tema de los aromas da para varios post, así que analizaré escribir algo al respecto a futuro.
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