lunes, 30 de marzo de 2015

Soy amarillo

Soy más amarillo que la cresta, y no hay nada de malo en eso. ¿A todo el mundo le parece normal que las únicas posiciones lícitas sean extremadamente antagónicas? A mí no.

Antes de los tiempos de las redes sociales, y quizás por el influjo de la dictadura que hasta hoy mantiene amarras en varios ámbitos, las argumentaciones y posiciones eran más moderadas, salvo casos de termocefalia aguda que siempre han formado parte de la flora y fauna endémica.

Hoy, en parte por la dinámica de tanta voz y en parte por los cagazos, basta con compartir un meme suficientemente escandaloso o gracioso según el punto de vista de cada uno. Como periodista, puede verse que las fuentes no se mencionan, o se tergiversan, para dejar una sensación que al viralizarse se generaliza. Un amigo por ahí habla del "nuevo Chile" en que la gente no lee ni comprende: no hay virtud alguna en algo así, salvo cuando se trata mañosamente de captar una feligresía animalescamente fiel.

La moderación que propongo no pretende dejar en el olvido ni escamotear la justicia en los casos que la coyuntura nos regala a diario. Sólo tiene por objeto diversificar las posibilidades, distinguir casos y proponer alternativas a las posiciones más "ultronas" a las que nos exponemos.

¿Significa eso que respaldemos a políticos, empresarios y demases que se han aprovechado de las fisuras legales y sobre todo éticas y que están en boga por estos días? Tampoco. Todo lo contrario, permite hacer recaer imparcialmente la responsabilidad de todos quienes se aprovechan de la buena fe, sobre todo de la buena fe, recurso cada vez más escaso.

Nuestro país tiene la tendencia (por lo menos en estos últimos 40 años, por poner una cifra) a premiar a los que tuercen el sentido de las leyes (el derecho, más bien), de la contabilidad, de las finanzas. A quienes conocen esta brujería se los considera gente hábil, premiada por tanta organización empresarial. Aparecen en las tapas de las revistas correspondientes, con actitud autosuficiente.

Lo más lamentable de todo es que este oportunismo es sólo en parte una genialidad: la otra dimensión es la social. Somos nosotros mismos los que ahora ya no estamos dispuestos a seguir distinguéndolos y galardonándolos, pero llegamos muy tarde, cuando ya estamos con el agua hasta el cuello como nuestros queridos compatriotas del norte (más bien el barro). No haber detenido a tiempo esta cultura asentada nos pasa factura por estos días.

La tarea entonces es bastante más difícil que simplemente reclamar o apoyar. Tampoco sirve la receta del "empate". Lo que se necesita es sacar la pata del acelerador y que nuestra sociedad se haga una autorevisión de todo lo que debiésemos limpiarnos. Esa tarea es de dimensiones épicas, por que no se resolverá en el corto plazo. Un próximo gobierno que traiga la receta tampoco podrá avanzar mucho por sí solo. Se necesita quizás una generación para liberarnos aún de algo que atribuyo a la cosmovisión neoliberal que, de tan asentada, ya no lo vemos.

 



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