Soy más amarillo que la cresta, y no hay nada de malo en eso. ¿A todo el mundo le parece normal que las únicas posiciones lícitas sean extremadamente antagónicas? A mí no.
Antes de los tiempos de las redes sociales, y quizás por el influjo de la dictadura que hasta hoy mantiene amarras en varios ámbitos, las argumentaciones y posiciones eran más moderadas, salvo casos de termocefalia aguda que siempre han formado parte de la flora y fauna endémica.
Hoy, en parte por la dinámica de tanta voz y en parte por los cagazos, basta con compartir un meme suficientemente escandaloso o gracioso según el punto de vista de cada uno. Como periodista, puede verse que las fuentes no se mencionan, o se tergiversan, para dejar una sensación que al viralizarse se generaliza. Un amigo por ahí habla del "nuevo Chile" en que la gente no lee ni comprende: no hay virtud alguna en algo así, salvo cuando se trata mañosamente de captar una feligresía animalescamente fiel.
La moderación que propongo no pretende dejar en el olvido ni escamotear la justicia en los casos que la coyuntura nos regala a diario. Sólo tiene por objeto diversificar las posibilidades, distinguir casos y proponer alternativas a las posiciones más "ultronas" a las que nos exponemos.
¿Significa eso que respaldemos a políticos, empresarios y demases que se han aprovechado de las fisuras legales y sobre todo éticas y que están en boga por estos días? Tampoco. Todo lo contrario, permite hacer recaer imparcialmente la responsabilidad de todos quienes se aprovechan de la buena fe, sobre todo de la buena fe, recurso cada vez más escaso.
Nuestro país tiene la tendencia (por lo menos en estos últimos 40 años, por poner una cifra) a premiar a los que tuercen el sentido de las leyes (el derecho, más bien), de la contabilidad, de las finanzas. A quienes conocen esta brujería se los considera gente hábil, premiada por tanta organización empresarial. Aparecen en las tapas de las revistas correspondientes, con actitud autosuficiente.
Lo más lamentable de todo es que este oportunismo es sólo en parte una genialidad: la otra dimensión es la social. Somos nosotros mismos los que ahora ya no estamos dispuestos a seguir distinguéndolos y galardonándolos, pero llegamos muy tarde, cuando ya estamos con el agua hasta el cuello como nuestros queridos compatriotas del norte (más bien el barro). No haber detenido a tiempo esta cultura asentada nos pasa factura por estos días.
La tarea entonces es bastante más difícil que simplemente reclamar o apoyar. Tampoco sirve la receta del "empate". Lo que se necesita es sacar la pata del acelerador y que nuestra sociedad se haga una autorevisión de todo lo que debiésemos limpiarnos. Esa tarea es de dimensiones épicas, por que no se resolverá en el corto plazo. Un próximo gobierno que traiga la receta tampoco podrá avanzar mucho por sí solo. Se necesita quizás una generación para liberarnos aún de algo que atribuyo a la cosmovisión neoliberal que, de tan asentada, ya no lo vemos.
lunes, 30 de marzo de 2015
miércoles, 25 de marzo de 2015
Tomando en la micro
Los tarros de cerveza abiertos en el paradero y la locomoción colectiva son un rito ampliamente conocido de quienes acostumbran poner ladrillo sobre ladrillo, construyendo al mismo tiempo imperios y viviendas para agradecidas familias.
Al finalizar el día, pasadas las 18.00 horas, comienzan a circular los "masters" chela en mano. Eso es lo aparente, pues una observación aguda permitirá darse cuenta que no se trata de una sola cerveza, sino de una cantidad mayor, generalmente limitada al tradicional "sixpack" dado que el elemento que la contiene es la mochila que además debe albergar la ropa de trabajo. No hablaremos ahora del "ensamblaje" de cepas que produce aquel crisol aromático.
A pesar de que no está permitida la ingesta de bebidas alcohólicas en la vía pública, el maestro de la construcción está rodeado de un aura protectora que, en grupo, suele ser aún más poderosa. Es por ello que suelen verse en las esquinas piquetes de obreros conversando alegremente sin presión alguna. A pesar de lo que puedan decir algunas convenciones sociales, y que a algunas personas podría resultar molesto este ritual, es parte del paisaje urbano y quizás es un merecido relajo luego de la ardua jornada y antes del llegar a un hogar distante y difícil.
Este "vía crucis" (a pesar de que van disfrutando, los masters en realidad van camino al incierto mundo doméstico) no concluye en el paradero. Esta es sólo la primera estación. La conversación monocorde continúa a idéntico ritmo una vez arriba de transantiagueante bus, concluyendo sólo cuando el racimo de profesionales se va desgranando parada tras parada al otro lado de la ciudad.
La costumbre no es privativa de quienes son los verdaderos autores de tanta edificación, aunque en otros casos casi siempre es en son de hueveo. Recuerdo con cariño tantos viajes en micro a Las Cruces en tiempos de la universidad y especialmente cuando partimos a sacar fotos y tomar melón con vino blanco a Quintay, en la época que se enseñaba a revelar la película y ampliar en papel las imágenes. Tampoco fue hace tanto tiempo, no le pongan.
Al finalizar el día, pasadas las 18.00 horas, comienzan a circular los "masters" chela en mano. Eso es lo aparente, pues una observación aguda permitirá darse cuenta que no se trata de una sola cerveza, sino de una cantidad mayor, generalmente limitada al tradicional "sixpack" dado que el elemento que la contiene es la mochila que además debe albergar la ropa de trabajo. No hablaremos ahora del "ensamblaje" de cepas que produce aquel crisol aromático.
A pesar de que no está permitida la ingesta de bebidas alcohólicas en la vía pública, el maestro de la construcción está rodeado de un aura protectora que, en grupo, suele ser aún más poderosa. Es por ello que suelen verse en las esquinas piquetes de obreros conversando alegremente sin presión alguna. A pesar de lo que puedan decir algunas convenciones sociales, y que a algunas personas podría resultar molesto este ritual, es parte del paisaje urbano y quizás es un merecido relajo luego de la ardua jornada y antes del llegar a un hogar distante y difícil.
Este "vía crucis" (a pesar de que van disfrutando, los masters en realidad van camino al incierto mundo doméstico) no concluye en el paradero. Esta es sólo la primera estación. La conversación monocorde continúa a idéntico ritmo una vez arriba de transantiagueante bus, concluyendo sólo cuando el racimo de profesionales se va desgranando parada tras parada al otro lado de la ciudad.
La costumbre no es privativa de quienes son los verdaderos autores de tanta edificación, aunque en otros casos casi siempre es en son de hueveo. Recuerdo con cariño tantos viajes en micro a Las Cruces en tiempos de la universidad y especialmente cuando partimos a sacar fotos y tomar melón con vino blanco a Quintay, en la época que se enseñaba a revelar la película y ampliar en papel las imágenes. Tampoco fue hace tanto tiempo, no le pongan.
martes, 24 de marzo de 2015
Paren las prensas: hoy llovió
Antaño, era común que lloviera en Santiago. Ahora no. Por eso, la mala costumbre de abrigar tanto a los cabros chicos, como si unas pocas gotas en esta desertrificada capital fueran sinónimo de onda polar severa. Aunque quizás eso provenga de nuestra excesiva ansiedad y en creer todo lo que sale en la tele, material que tendrán que evaluar otros profesionales.
En parte, las crisis que generan las precipitaciones se deben a aspectos más pedestres de la vida. Pequeños topones por alcance, gracias al efecto de manejar atontadamente debido a las precipitaciones, en estos casos pueden multiplicarse por miles y alcanzar una validez estadística significativa. La historia pluviométrica capitalina provee cientos de anécdotas de este tipo que confabulan para crear material de notero con los que rellenar los matinales y sumirnos en la crisis de cada día.
Incluso ya no son tan frecuentes los carritos atravesando viejas por las avenidas grandes (las que tienen peatones: "arriba" nadie circula ofreciendo su cuerpo como carrocería, salvo en motos del precio de una casa). La forma de mostrar la catástrofe acuosa ya no cuenta con elementos visuales muy evidentes, y hay que recurrir a formas más sutiles.
Tormentas de verdad, equivalentes a un golpe de estado meteorológico, ya no las hay. Ausentes están aquellas imágenes de aluviones, autos cayendo al lecho del Mapocho o canales desbordados impidendo el funcionamiento de la ciudad. Los chanchullos de las boletas ideológicamente falsas se toman la pantalla y se amplifican a nivel extremo gracias a la viralización de las redes sociales. Los incendios del sur resultan más espectaculares, así como las llamaradas volcánicas. Incluso Meteorología anunció bastante tarde este núcleo frío, cuando los "salfates" del clima lo tenían previsto desde hace una semana.
Yo ruego a Santa Conchita de los Cráteres que este año sea el más lluvioso de los últimos siete, según aseguran ciertos profetas. Por último que las lluvias moderen las altas temperaturas políticas que no hemos sabido controlar.
En parte, las crisis que generan las precipitaciones se deben a aspectos más pedestres de la vida. Pequeños topones por alcance, gracias al efecto de manejar atontadamente debido a las precipitaciones, en estos casos pueden multiplicarse por miles y alcanzar una validez estadística significativa. La historia pluviométrica capitalina provee cientos de anécdotas de este tipo que confabulan para crear material de notero con los que rellenar los matinales y sumirnos en la crisis de cada día.
Incluso ya no son tan frecuentes los carritos atravesando viejas por las avenidas grandes (las que tienen peatones: "arriba" nadie circula ofreciendo su cuerpo como carrocería, salvo en motos del precio de una casa). La forma de mostrar la catástrofe acuosa ya no cuenta con elementos visuales muy evidentes, y hay que recurrir a formas más sutiles.
Tormentas de verdad, equivalentes a un golpe de estado meteorológico, ya no las hay. Ausentes están aquellas imágenes de aluviones, autos cayendo al lecho del Mapocho o canales desbordados impidendo el funcionamiento de la ciudad. Los chanchullos de las boletas ideológicamente falsas se toman la pantalla y se amplifican a nivel extremo gracias a la viralización de las redes sociales. Los incendios del sur resultan más espectaculares, así como las llamaradas volcánicas. Incluso Meteorología anunció bastante tarde este núcleo frío, cuando los "salfates" del clima lo tenían previsto desde hace una semana.
Yo ruego a Santa Conchita de los Cráteres que este año sea el más lluvioso de los últimos siete, según aseguran ciertos profetas. Por último que las lluvias moderen las altas temperaturas políticas que no hemos sabido controlar.
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